Por alguna razón, le pedí prestado a mi viejo su saco de gamusa, como si presintiera que pasaría algo. Cuando llegué, ya se habían terminado las premiaciones y las chelas; el whisky era escaso, pero aún rondaba y había que aprovecharlo. No conocía a casi nadie así que si a algo me dediqué fue a perseguir a los mozos, a encontrar hielo y ceniceros. Cuando me di cuenta que no iba a conocer a nadie interesante y que los pocos conocidos no me acompañarían más tarde a una travesía barranquina, me quité.
Una cola de mierda me esperaba en La Fábrica. Me encontré con un amigo, se rumoreaba que ya no dejaban pasar. Llegaron unos serenos. Parecía que ahí no iba a conocer a nadie tampoco. Llamé a otro amigo, estaba en el Sargento. A la media hora de espera, nos fuimos p’allá.
Nos instalamos en el bar y, de la nada, mi amigo jaló a esta chica como si se tratara de un as bajo la manga. Nos quedamos bebiendo cervezas y fumando cigarros. La cajetilla de Lucky que ella llevaba esa noche nos acompañaría en toda la relación, siempre la llevaba consigo, no por recuerdo, sino porque nunca se le acababa: sólo fumaba muy, pero muy de vez en cuando.

Se negó a irse con sus amigas y más tarde, camino a su casa, nos besamos. En los tres meses que estuvimos juntos, me acompañó a ver películas gore que no le interesaban, nos paseamos por la feria del libro, conoció a mis amigos, soportó mi horrible horario de trabajo, mi cansancio de los fines de semana, mis ahorros para poder mudarme y se puso esos lentes de carey que alguna vez le dije que me gustaban. ¡Y pensar que ni siquiera pensaba salir la noche que nos conocimos! Entonces, ¿por qué no seguí con ella?
Lo que le dije fue que estaba acostumbrado a estar solo, que era muy inmaduro para una relación, que necesitaba primero ordenarme antes de estar con alguien, que me gustaría ser su amigo. Yo quería que me diga algo, lo que sea, que ella también opinara lo mismo, que le parecía feo, un idiota, que me puteara si la hacía sentir mejor. “Quiero irme a mi casa”, fue lo único que atinó a decir. Como cuando nos conocimos, la acompañé hasta su casa, pero esta vez ella muy separada, al otro extremo del asiento, mirando por la ventana y, para colmo, el taxista escuchaba viejas baladas por la radio. Me sentí como una mierda.

Todas las razones que le dije eran verdaderas, sin embargo ella me llamó e insistió en una reunión para dejar todo claro y, sobre todo, para que admitiera que no estaba enamorado. También era verdad y, aunque no quería llegar a tanto, se lo dije. Ahí acabó todo, en un Starbucks. Qué mierda, ¿no?
La semana pasada nos topamos en Polvos Azules, pasaje 18 por supuesto. Yo estaba solo, ella acompañada de un chico. La abracé y luego me lo presentó. No hablamos mucho, de hecho era una situación media incómoda, no es que haya pasado mucho tiempo tampoco, pero ella se notaba aún más nerviosa que yo. Seguí comprando películas donde Charito y ellos en el stand del costado. Terminé y me despedí con otro abrazo, pero ella no fue tan efusiva. Cuando estuvimos juntos, siempre me decía para ir a Polvos Azules, pero nunca la acompañé.
Esa misma tarde, me llamó. Quería saber el teléfono de un conocido y si me había mudado. Le dije que sí y que era bienvenida cuando quiera.
Me pregunto si todavía llevará esos Lucky en su cartera.
2 comentarios:
Ahora, si sigue llevando los lucky en la cartera, qué harías...? mmmm interesante pregunta...
Ahora, si va a tu jato, qué harías...? mmmm interesante pregunta.
Abrazos chochera...
tamadre, esas preguntas... seguro lo mismo que tú...
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