Desde un rincón de mi escritorio, el gancho se destaca por sus curvas, al costado de objetos burdos como controles remotos o vasos melosos que alguna vez contuvieron Coca Cola. Desde lo alto, el nuevo huésped parece mirar con temor lo que le espera si volviera a caer: zambullirse entre ropa sucia, oler zapatillas gastadas, enredarse en cables que aguardan una víctima, pelusas, discos y guiones aún no grabados. Con pena observa hacia el otro rincón, donde una guitarra yace volteada contra la pared, castigada.
Ahora el que espera es el gancho, para ser rescatado por su dueña, del infierno masculino en el que ha sido abandonado. Yo también espero, porque cuando el objeto ya no esté aquí, significará que ella ha regresado y, con suerte, lo de anoche se habrá repetido.