En la camioneta de otro amigo, las llevamos a almorzar el clásico cebiche mientras tratábamos de disimular nuestra resaca de ron. Luego vino el tour, pero por alguna razón el dueño del vehículo no nos quiso llevar al centro, ni a Miraflores, ni por ningún monumento histórico; no: nos llevó al Jockey Plaza y, en la noche, fuimos a uno de los bares más misios de Barranco.
Casi siete años después, vía chat, la brasilera me pregunta “por qué fuimos a esos lugares?” y nos reímos, pero, para entendernos, tecleamos “jajaja”. Sin embargo, dicen que no importa a dónde vayas si estás bien acompañado y yo me sentía así mientras ella me hablaba de Machado de Assís y yo de Bryce o cuando fuimos a jugar a los pinball y al hockey de mesa, bien a lo “Karate Kid”.

Aquellos días no me sentía muy bien, no estaba cómodo con lo que me rodeaba, pero cuando pasé el día con ella, no sé, me contagió algo de su mirada positiva. Aunque sólo estuvimos unas horas juntos, me hizo ver que en la vida hay sorpresas, que aún se pueden encontrar personas buenas, porque ella era así, toda buena. Tal vez no se dio cuenta de lo que me hacía, pero sin querer queriendo, me inyectó un poco de esa alegría brasilera y por eso estoy muy agradecido.
Antes que se vayan pude grabarle un disco con algo de rock/pop peruano, como Leuzemia y otras cosas como Mar de Copas, que tal vez ahora sacaría. Pero, por supuesto, le agregué aquel clásico de Arena Hash, “Me resfríe en Brasil”, a modo de broma.
Desde entonces, siempre hemos estado al tanto del otro: ella me contaba de lo que vivió en Rosario y el taller de danza que organizaba para niños y cómo se sentía al regresar a Río; yo le informaba de mi estadía en Europa y también de mi regreso a Lima; hemos confesado historias de familia y de corazones rotos. Un día hasta me relató un cuento improvisado por el Messenger y yo la observaba jugar con su sombrilla por la web cam. Cuando una amiga fue para Río la contacté con ella. Al volver a Lima, llegaba con un regalo de parte de la brasilera: era un cofre de papel, con un anillo dentro.
Siempre nos preguntábamos cómo sería vernos de nuevo, después de sólo escribirnos por tantos años. ¿Sería raro? ¿Nuestra relación está destinada al mundo virtual? Si nos vemos, ¿se arruinaría?
Hace unos días nos animamos a hablar por micrófono, por primera vez. Ella estaba nerviosa, preocupada si sería lo mismo; yo estaba inseguro, pensaba que tal vez se decepcionaría de mi conversación porque creo que soy mejor al escribir que al hablar. Igual lo intentamos. No recordaba cómo era su voz: tenía un acento brasilero-argentino, con un tono calmado y sexy, que tal vez se debía a que estaba ronca, como me explicó, pero esperemos que no. Me preguntaba qué estaría pensando de la mía, si ella la recordaba o no.
La brasilera se imaginó que estaba en un reality show, creía que en cualquier aparecería en su dormitorio, como una gran sorpresa. Le pregunté qué tipo de preguntas creía que nos haría una audiencia y me dijo que alguien se pararía y preguntaría: “¿es amistad o amor?”.
Después de tres horas de charla me dijo que ya estábamos listos para vernos.
3 comentarios:
y?!?!?!?! sexo virtual o no?!?!?!?!
ay peski, sólo piensas en eso, no?
"quiero estar en una playa azul... escuchando bossa nova..."
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